domingo, 25 de diciembre de 2011

Capítulo 11 - Ataque inminente

Samantha, Sorend y Nayn se durmieron. Sin embargo, Son estaba tan inmerso en sus pensamientos que no pudo.
Lo alertó el sonido de arbustos en movimiento. Al instante y como movido por un resorte cogió su espada con rapidez y se puso en guardia. Dando vueltas sobre él y muy atento; miraba hacia todos los arbustos esperando pacientemente.
Una criatura peluda se abalanzó sobre él con garras y dientes. Por suerte, llegó a tiempo de apartarse. Gritó porque aquel Dhyun le había sorprendido y Sorend y Nayn se despertaron. Sin embargo, Sorend se retiró y se limitó a animar a Nayn a que cogiera su espada y que ayudara a su amigo. No se dieron cuenta de que Samantha se había escondido detrás del fénix.
El bicho peludo rodó por el suelo. Era joven e inexperto. Nayn aprovechó el momento de la caída para asestarle un golpe con la espada. El Dhyun lo esquivó por los pelos y se puso en pie de un salto. Gruñó y los pelos de la espalda se le erizaron. Volvió a atacar, con las garras por delante. Esta vez fue Son quien intentó dar con su arma. A diferencia de Nayn, él sí que consiguió pegarle. La criatura gimió de dolor, pero no se derrumbó, sino que volvió a atacar; esta vez contra Nayn. Se puso en guardia porque lo vio venir, pero antes de que llegara lo suficientemente cerca del chico para que él contraatacara, cayó al suelo con un estruendo muy fuerte. El Dhyun gritó y gimió de dolor con unos alaridos ensordecedores. Y entonces, en el lugar donde Son había asestado el golpe, apareció una brecha oscura que se volvió de color negro tras unos segundos. La criatura, sorprendida, volvió a gritar, mientras que aquel agujero se lo tragaba lentamente y lo sumía en un sufrimiento insoportable.
Los chicos observaban a una prudente distancia la escena con los ojos muy abiertos.
Antes de que esa extraña brecha se tragara al Dhyun, gimió por última vez de dolor; un gemido que fue apagándose poco a poco. Y entonces, súbitamente, la criatura se volvió de un negro muy oscuro y desapareció, como por arte de magia.
Los chicos se volvieron hacia Sorend con las bocas y los ojos bien abiertos. El fénix asintió, como diciendo que aquello era un Dhyun, esa raza tan sangrienta, esa raza que acababa de intentar matarlos para sobrevivir. Pero ellos habían ganado. Nayn no había hecho gran cosa, pero si él no hubiera intervenido, tal vez ahora Son estaría en las fauces de aquella bestia en camino de la familia del Dhyun para ser digerido.
Entonces volvieron a todo correr Nora y Iendo de entre la maleza.
-¿Qué ha pasado? –exclamó Nora una vez habían llegado hasta donde estaban los chicos y el fénix.
-Que estos humanos han matado a un Dhyun, mi querida Nora –dijo Sorend con un tono sorprendido.
Nora abrió la boca para decir algo, pero no lo hizo. Oculta detrás de Sorend estaba Samantha, que había visto toda la pelea y ahora estaba hecha un ovillo sentada en el suelo. Estaba aterrorizada. Nunca había visto una criatura como aquella. Además, desde siempre los lobos le habían producido un terror irracional, lo que convertía a los Dhyuns en una raza terrible para ella.



Pasaron la noche allí. Cerca de la cascada dormía Nayn. Más alejados de ella descansaban Sorend y Nora. Son y Samantha dormían juntos lejos de la cascada y cerca del fuego que había hecho Sorend para que los chicos no tuvieran frío.
Iendo se había marchado tiempo atrás. A Nora no le habían preguntado qué le había enseñado su hermano; se lo preguntarían al día siguiente: tras el desconcierto de la pelea contra el Dhyun, nadie se había preocupado por cuestiones.
Cuando Nayn despertó se encontró húmedo: había dormido muy cerca de la cascada. Estaba incómodo, no le gustaba el agua y ahora la llevaba por todo el cuerpo, así que, decidió coger la espada y acercársela al cuerpo. Pensó que si de verdad era una espada ígnea le aportaría aunque solo fuera un poco de calor, el suficiente para que el agua se evaporara. Tras estar por fin seco, fue a despertar a Son. Decidieron coger sus espadas, colgárselas a las espaldas y salir a explorar un poco por ahí; antes, despertaron a Samantha. Cuando la chica se levantó por fin, se lavaron la cara con el agua de la cascada. Estaba fría pero reconfortaba.
Una vez se colgaron las espadas, emprendieron la marcha. Samantha se sentía segura con ellos dos a su lado, y más si llevaban sus armas, aunque ella aún no tenía.

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